Alhajas de oro y plata

Entre los edictos, decretos, resoluciones, cartas, borradores… que conserva este Archivo pertenecientes a la sección “Reales Órdenes y Despachos Reales”, destacan sobremanera los relativos al período de 1790 a 1800, en que la convulsa y fragmentada España de final del XVIII intenta salvar su monarquía y librarse del revolucionario e “impío” espíritu francés.

Según estos documentos, en febrero de 1793, Carlos IV, a través del Duque de Alburquerque llama a la ciudadanía del Reino de Aragón a alistarse voluntariamente para tomar las armas en previsión de una guerra por la defensa del Rey, de la Religión y de la Patria. Cuando un mes más tarde estalló la Guerra de la Convención, 5.000 hombres defendieron las fronteras del Pirineo aragonés, hasta que en julio de 1795 se firmó el Tratado de Basilea.

El Documento del Mes que mostramos (Cu901/3)) corresponde a esos dos largos años de la primera contienda. En él, Manuel Godoy, en junio de 1794, exige de las iglesias las alhajas de plata y demás riquezas, tanto para cubrir las grandes deudas de la guerra como para librarlas del poder del enemigo, como ya ha ocurrido en los países donde han llevado sus armas.

Ese mismo mes, el obispo de Barbastro, Mons. Agustín Abad y Lasierra, informa de urgencia a sus sacerdotes sobre la difícil situación del rey y de la economía del Estado por causa de la guerra francesa y les pide la generosidad y la lealtad de contribuir gratuitamente cada uno con cuanto puedan y que así mismo, le envíen un estado de cuentas del fondo de sus parroquias. Más adelante, desde el palacio de Cregenzán, les escribe de nuevo apremiando a que hagan los inventarios que ordena el rey sobre las alhajas de oro y plata que tengan en sus parroquias.

El arzobispo de Toledo, encargado para toda España de coordinar la recolecta de dichos bienes, le indica en marzo de 1795 al obispo de Barbastro que dé providencia de internar en la catedral las alhajas de las iglesias de su obispado que no tengan inmediato uso al Sacramento para ponerlas a salvo de la rapiña de los enemigos, y que haga inventario de las de la santa catedral, así como otro inventario aparte de las alhajas de las iglesias sin incluir los monasterios.

(Finalmente, Barbastro entregó a la corona más dinero que oro y plata).