Bienvenido a Abella

Recientemente veíamos los diversos roles temporales, además de los espirituales, que quedaban en poder de los obispos. Pues bien, el documento de este mes (Pq258-1) evidencia así mismo el obligado ejercicio de funciones extra sacerdotales al que tuvieron que hacer frente los curas de pueblo, en nuestro Pirineo, por el mero hecho de tener algo más de cultura que el común de sus gentes. Asunción de responsabilidades esta, ante la ausencia de profesionales, que dependía más del acierto y de la intuición que del conocimiento.

Mn. Vicente Salanova Lagüens, cura párroco de Abella en 1908, se las vio y deseó en una circunstancia tan inesperada y peliaguda como urgente: le tocó hacer de partero. ¡Y supo reaccionar! ¡Y afrontó la situación!

Resulta fácil imaginar la escena que traslucen las líneas que dejó escritas en el Libro de Bautismos. Es un viernes relevante, día de san Voto y san Félix, celebrada la misa, el párroco de Sta. Julita mártir está desayunando en la abadía. Poco antes de las 11 de la mañana, corren a avisarle porque Teresa Rubiella, la de Suils, que está casada con Joaquín Ariño, va a dar a luz, y parece que la criatura tarda y viene mal. D. Vicente teme lo peor, vuelve a la sacristía y sin revestirse, recoge los santos óleos y el agua bendita, y corre a la casa de aquellos labradores que deben de estar desesperados. Al llegar al dormitorio de la parturienta, ya sólo encuentra llanto y dolor. El niño, “al parecer, ha nacido muerto”. Al sacerdote le urge salvar su alma, y sin perder un instante, lo signa, y “con el nombre de José” lo bautiza “bajo condición si vivía”. Pero, él es quien es y es porfiado, y no se conforma con aquella muerte. Piensa que debe intentar algo más, de ahí que “sospechando con fundamento que se había axfisiado al nacer” decida, en medio de la sorpresa y confusión de parientes y vecinos, reavivar al neonato. Es solo un cura de pueblo que no tiene nociones de comadrón, pero sabe que lo primordial es hacerle respirar y lo procura con todo lo que se le ocurre: “Le zarandeé de arriba a abajo y viceversa, golpeándole los pies, poniéndole cabeza abajo y haciéndole frecuentes esfriegas en todo su cuerpo”.

El documento, repleto de nombres de testigos, parientes y pueblos de procedencia, concluye explicando que “al cabo… de este tratamiento volvió a la vida con admiración de todos los presentes”. Esto es, feliz final.