Magia en Villarrue y Las Paules

Hechiceros, sortilleros, encantadores, brujos, aojadores, saludadores… La fauna esotérica –siempre llamativa y sugerente–, de los embaucadores y falsarios que aprovechan las necesidades ajenas en medios de incultura ha existido y existirá mientras haya dolor, penuria, superstición e ignorancia. Y ¿cómo no?, nosotros también la hemos sufrido, con más o menos pintoresquismos, en nuestras gentes.

En ciertas partes de nuestro Pirineo, las acusaciones de brujería vertidas sobre personas a quienes creyeron capaces con sus malas artes de infligir cualquier mal a las gentes, animales, cultivos, bosques, etc. fueron frecuentes y son conocidas suficientemente, tanto por las narraciones orales que nos han llegado como por los hechos de los que quedó constancia. También documentalmente disponemos de evidencias por actuaciones procesales frente a sucesos “mágicos”. Todo lo cual nos ayuda a interpretar a una sociedad que temió lo que desconocía, creyó de buena fe en fuerzas ocultas, buscó protección en la taumaturgia y la superstición, utilizó medios descabellados para librarse de conjuros y afianzó su prevención contra los maleficios en los amuletos que, como referentes de una época recelosa, podemos ver aún en las puertas, ventanas y chimeneas de sus casas.

En el documento seleccionado para este mes, (Cu488) fechado en 1738, Teresa Castel, según relatan los testigos, había curado a un niño de paperas tan solo con haberle pasado las manos por el cuello, y a otra persona le “había dado mal unas veces en el brazo, otras en el hombro y otras en la cabeza”, por lo que era considerada bruja y hechicera. La prueba irrefutable del conjuro fue que habiendo hecho el lavatorio de las yerbas de San Juan había sanado, y se vio que el agua del lavatorio “se había hecho como una cuajada”.

El referido texto, que puede parecer aniñado y gracioso, concluye inquietante y bronco, pues es el mosen de Villarrue el que hace la delación de los hechos, y antes de pasar por el notario salió a la plaza pública a gritar insultos y exabruptos sobre la acusada, y a proferir amenazas de denuncia ante el obispo y ante la Inquisición.