Picardías en Aguinalíu
La luminosa estancia de este Archivo Histórico Diocesano se distribuye en espacios acristalados a modo de despachos, que dan cabida a las diferentes actividades que en él se llevan a cabo.
Cinco son los despachos destinados a los investigadores. Disponen de amplia mesa de trabajo, luz e independencia suficientes, dos de ellos están dotados con medios informáticos. Abierta la posibilidad del estudio de nuestros fondos al público en general, basta solicitar una cita previa indicando la documentación que se desea consultar para acudir los martes y los jueves por la mañana. Obviamente, los demás días de la semana se reservan para realizar las imprescindibles labores de catalogación, indexado y conservación, para avanzar en la digitalización de documentos y para atender la correspondencia electrónica y los envíos.
Los investigadores que suelen acudir a estas dependencias son normalmente personas particulares que desean conocer datos de una época y un municipio concretos; doctorandos, escritores e historiadores que precisan documentar o ambientar sus escritos y estudios; o bien, familiares que motivados por el trámite de aceptación de una herencia buscan su línea de parentesco con un difunto. También son frecuentes quienes buscan información de actas matrimoniales y bautismales para lograr el derecho de opción a la nacionalidad española… y con mayor asiduidad, los genealogistas que, a título particular o profesional, se ocupan de elaborar las líneas de ascendencia y descendencia de un apellido.
Es cierto que la presencia continuada de algunos investigadores nos lleva a una confianza de trato que trasciende lo profesional, y es lógico que, puesto que ellos leen con mayor detenimiento los textos para su análisis, encuentren detalles que a la visión global se le escapan. Así ocurrió con el documento que exhibimos este mes sobre el que, con cierto tono de broma, nos llamó la atención un investigador allegado.
Se trata del libro de defunciones de Aguinaliu (Pq35), en el cual se intercala la visita pastoral del Administrador Apostólico de Lérida, sede vacante, en abril de 1757, de cuyo celo sacerdotal y severa corrección podemos leer: “Y por quanto nos consta que en el día de fiesta antes de salir la missa se ponen en redonda los mancebos y otros no solo antes de las gradas de la iglesia sino también mucho más abajo mirándose a las mugeres quando suban y bajan, y por ser cosa tan indecente el mirarlas subir y bajar a tales. por tanto mandamos que el cura tenga total cuidado en evitar semejantes abusos y por cada uno que hará semejante desatención, sino continuar su camino se le multará en seis sueldos aplicaderos para jocalias de la dicha iglesia”.
