Dispensas matrimoniales

“… de treinta cumplidos porque se acuerda de su nacimiento y que aunque tiene la dicha edad es mujer moza y no ha hallado marido de igual calidad con quien casarse que no fuera pariente suyo.”

Aunque existieron otras causas que contravenían el derecho canónico, sobre este razonamiento, mil veces repetido en nuestros valles pirenaicos, se apoyaron y esperanzaron reiteradamente las comisiones apostólicas en petición a Roma de una dispensa que permitiera el santo matrimonio entre dos contrayentes.

Este documento (Cu 26/2), datado en 1649, recoge la petición de Joannes Perez et Hieronima Baeza, Barbastrensis, para poderse casar con el visto bueno de la Iglesia. Situación esta tan frecuente y variada que propició una amplia solicitud de dispensas que ahora ocupan gran parte de nuestro fondo de Curia.

La movilidad de los habitantes de nuestros valles era escasa; el trato y la relación entre personas de distinta localidad se circunscribía al entorno inmediato; la consanguinidad, la cognación espiritual o la afinidad (que impedían el matrimonio eclesiástico) eran prácticamente inevitables. Pero, ¿qué solución podía arbitrarse para ajustarse a derecho? Era lógico que la proximidad suscitara afectos, que los intereses de productividad y supervivencia fueran comunes, que el entendimiento y la ayuda mutua frente a las dificultades vincularan a las personas… Por otra parte, el estatus familiar forzaba a buscar la unión entre iguales, lo cual, en los casos en que el nivel económico, cultural o genealógico era algo superior al normal, equivalía a resolver entre parientes.

La Iglesia, evitando ser constrictora y sancionadora en esa realidad, no pudo hacer otra cosa que condescender y permitir hasta ciertas limitaciones. El modo de recurrir y plantear la petición de autorización papal para llevar a cabo el matrimonio eclesiástico fue siempre a través del sacerdote responsable de la comunidad de los contrayentes, el cual, tras larga toma de declaraciones testificales, y apoyado normalmente en la justificación de la “estrechez del lugar”, solía concluir su informe testimoniando la necesidad –a veces, la urgencia– de que se concediera la dispensa.